
Muchas veces se originan en experiencias repetidas de falta de validación, ausencia emocional, críticas constantes o inseguridad afectiva. No se trata necesariamente de que los padres hayan sido “malos”, sino de que ciertas necesidades emocionales no fueron cubiertas de la manera que el niño necesitaba. Estas experiencias tempranas dejan huellas profundas en la forma en que la persona se percibe a sí misma y en cómo se vincula con los demás. En la adultez, estas heridas suelen manifestarse como patrones repetitivos. Por ejemplo, una persona que vivió abandono emocional puede desarrollar miedo intenso a la soledad y apego excesivo en sus relaciones. Alguien que creció bajo críticas constantes puede convertirse en un adulto perfeccionista, con una voz interna muy exigente. O quien no fue escuchado puede experimentar dificultad para expresar necesidades o sentir que su opinión no tiene valor. El problema no es haber tenido heridas, porque todos las tenemos en algún grado. El conflicto aparece cuando no somos conscientes de ellas. Entonces reaccionamos desde el pasado sin darnos cuenta. Una discusión simple puede activar una emoción desproporcionada, no por lo que ocurre en el presente, sino por lo que representa simbólicamente. El cuerpo y la emoción recuerdan experiencias antiguas que no fueron procesadas. Un paso práctico para trabajar estas heridas es identificar los patrones repetitivos en la vida actual. Preguntarse: ¿qué situaciones me afectan de manera intensa y recurrente?, ¿qué tipo de personas suelo atraer?, ¿qué emociones se repiten en mis relaciones? Estas preguntas permiten detectar qué parte del pasado sigue activa. No se trata de culpar a otros, sino de asumir responsabilidad por el proceso de sanación. También es importante aprender a validar las propias emociones. Muchas personas minimizan su historia diciendo “no fue tan grave” o “otros la pasaron peor”. Sin embargo, el impacto emocional no depende de comparaciones externas, sino de cómo fue vivido internamente. Reconocer que algo dolió es el primer paso para integrarlo. Sanar heridas de la infancia no significa borrar el pasado, sino resignificarlo. Implica comprender que hoy se poseen recursos que antes no existían. Se puede establecer límites, elegir relaciones más saludables, buscar apoyo terapéutico y desarrollar una autoestima más estable. La herida no desaparece mágicamente, pero pierde poder cuando se hace consciente. En última instancia, el trabajo consiste en dejar de reaccionar como el niño herido y comenzar a responder desde el adulto consciente. Cuando entendemos nuestras heridas, dejamos de proyectarlas constantemente en los demás. Y esa comprensión abre la puerta a relaciones más maduras y a una identidad más sólida.

