NOELIA: muerte anunciada

Noelia, joven española de 25 años, nos deja un legado doloroso: entender que la indiferencia en la que la sociedad se ha sumido también mata.

Porque, al final, ¿qué significa ser humano? Significa poseer autoconciencia, capacidad moral, sentido ético y una cultura acumulada que nos distingue. Y, sin embargo, a veces actuamos por debajo de esa condición.

Noelia fue entregada a la asistencia social por la incapacidad —o la negligencia— de sus padres. Ya desde ahí había una herida de origen, una precariedad profunda. Después, dentro de un espacio que debía protegerla, fue abusada sexualmente en grupo. Un hecho insoportable. Una fractura del alma.

Luego vino el abismo.

Desesperada, se arrojó desde lo alto. Quedó discapacitada, no solo en su cuerpo, sino también en su mundo interior. Nunca logró sobreponerse. Fue demasiado dolor. Demasiada noche. Demasiado abandono.

Pidió ante los tribunales ser asistida con eutanasia. Ganó. Ayer se la aplicaron. Y finalmente murió. No dejaron de salir los hipócritas de todas latitudes y religiones a juzgar la eutanasia.

Ciencia que existe para palear el dolor insufrible y que las cortes internacionales reconocen como derecho.

Olvidan los ignorantes que cuando eres discapacitado al 80-90-100 % estamos hablando de una enfermedad terminal. La enfermedad terminal es un argumento absoluto para recibir la eutanasia que no es un suicidio, es una muerte digna que la ciencia- gracias a Dios- nos dio bajo el amparo de la ley.

Pero la pregunta no termina con tu muerte Noelia. . Al contrario: ahí comienza.

¿Muere también con ella la esperanza de que la salud mental sea, por fin, una prioridad para los gobiernos y para la sociedad? ¿Seguiremos mirando hacia otro lado cuando veamos a alguien desencajado, triste, roto por dentro, aunque sea un desconocido? ¿En qué momento nos volvimos una sociedad que observa el sufrimiento sin detenerse?

Tal vez, desde una mirada espiritual, podrían hallarse razones para explicar esta crisis que recorre al mundo. Pero, incluso sin teología, hay una evidencia brutal: ya no nos miramos a los ojos. Ya no preguntamos “¿cómo estás?”. Ya no decimos “¿en qué te puedo ayudar?”.

Y, sin embargo, nunca faltan los hipócritas que se apresuran a juzgar. Los que condenan la eutanasia, pero guardaron silencio ante el dolor. Los que opinan desde la comodidad, sin haber sostenido jamás el peso de una vida devastada.

La eutanasia no cancela el sufrimiento previo. No borra el abandono. No corrige la violencia. Pero abre una discusión que no puede seguir postergándose: la de la dignidad, la del dolor extremo, la del derecho a no ser reducido a una condena interminable cuando la existencia se vuelve insoportable.

Lo verdaderamente escandaloso no es solo el desenlace de Noelia. Lo escandaloso es todo lo que pasó antes. La cadena de omisiones. La negligencia inicial. La violencia posterior. La falta de acompañamiento. La ausencia de amor.

Noelia pone de manifiesto, de cuerpo entero, el tamaño de la pandemia silenciosa que padece el mundo: la crisis de salud mental. Y también nos recuerda algo esencial: cuando no se acompaña a tiempo, cuando no se escucha, cuando no se cuida, el sufrimiento puede volverse un territorio sin retorno.

Por eso, su historia tendría que obligarnos a reflexionar desde hoy. A mirar cómo está nuestra mente. Cómo están nuestros hijos. Nuestros adolescentes. Nuestros jóvenes. Nuestra familia. Nuestro entorno.

Hagamos algo. Desde casa. Desde la escuela. Desde la comunidad. Desde el gobierno. Desde donde estemos.

Dejemos de una vez por todas el tabú de que ir al psicólogo o al psiquiatra es algo negativo. Es exactamente lo contrario. Si nos duele una muela, vamos al médico. Si nos duele el alma, también deberíamos buscar ayuda.

Hoy la neurociencia, la psicología y la psiquiatría ofrecen recursos valiosos para acompañar el dolor cuando la vida rebasa nuestras fuerzas. También ayudan los hábitos sencillos y constantes: una alimentación sana, el ejercicio, el arte, la conversación, el afecto, la disciplina emocional. Todo eso sostiene. Todo eso salva.

En memoria de Noelia, trabajemos por la salud mental con seriedad, con humildad y con amor. No nos dejemos vencer por el prejuicio ni por la indiferencia.

Mírate al espejo y pregúntate: ¿en qué te puedo ayudar?

Y a partir de ahí, sal al mundo a ser, de verdad, una persona humana.