La historia de Santiago comienza mucho antes de que el hombre dejara su huella en la tierra. Se remonta al tiempo en que la península sudcaliforniana dormía bajo las aguas del océano. Aún hoy, en las lomas y cañadas de los ranchos cercanos —como El Refugio— descansan silenciosos testigos de ese pasado marino: fósiles esparcidos como semillas de piedra en la tierra seca.



Vamos a pueblear, porque este domingo celebramos Sabores de Sudcalifornia, una fiesta de sabores auténticos, sin fines de lucro, donde la comunidad comparte con orgullo su cocina y su corazón.
Santiago es un pequeño poblado del Cabo del Este, enclavado en el municipio de Los Cabos, a solo 40 minutos de San José por la carretera Transpeninsular número 1. Fundado en 1721, este sitio noble y sereno se alza a una suave elevación, con un clima apacible: 24 °C de temperatura, vientos que rozan a 19 km/h y una humedad del 62 %.
Su patrono, Santiago Apóstol, da nombre al pueblo y también a la misión fundada por el padre jesuita Juan de Ugarte en pleno verano de 1721. Imagino el calor denso y desafiante, y a los misioneros abriéndose paso entre los cardones y las veredas, trayendo consigo una nueva forma de ver el mundo. Así comenzó la historia originaria de este rincón, como parte de la huella que dejaron los Jesuitas desde el siglo XVII.
Nos encontramos en el corazón de la Ruta del Serrano. Aquí, la naturaleza se expresa con fuerza y belleza. Su cascada emblemática —la de Sol de Mayo— es un oasis secreto en medio del desierto, donde el agua canta al caer. El Rancho Ecológico Sol de Mayo ofrece cabañas rústicas y actividades de campo que permiten reconectar con lo esencial, con la tierra y sus ritmos.
Santiago alguna vez tuvo un pequeño zoológico. Hoy duerme, en espera de renacer con un propósito distinto: la conservación de especies endémicas del estado, con respeto y vocación científica. Sería justo devolverle la vida bajo una nueva visión.
Desde aquí puedes visitar las aguas termales de El Chorro y Santa Rita, ubicadas a 9 y 7 kilómetros respectivamente. Son lugares donde el agua brota cálida desde las entrañas del planeta, como si la tierra susurrara secretos antiguos a quien sepa escucharlos.
Y ya que andamos por aquí, pasemos por Miraflores, que queda al ladito. Su nombre parece una promesa: debería recibirnos un arco de flores nativas, una fuente, un altar a la contemplación. Aún no es así, pero quizá algún día.
No dejes de visitar el Valle de los Fósiles Marinos, con restos que datan de hace 15 millones de años. Luego, internarse en la Cañada de Miraflores es descubrir un paraje casi intacto, antes de terminar en un taller de muebles rústicos, donde la madera cobra vida con manos artesanas. Talleres así merecen apoyo para crecer, para convertirse en los proveedores naturales del mobiliario que adorna los hoteles de lujo en Los Cabos. ¿Por qué no?
Para los ecoturistas y exploradores del alma, hay más. Las pinturas rupestres conocidas solo por los habitantes locales, y las lagunas escondidas en los pliegues de la sierra, ofrecen un viaje en el tiempo y en la conciencia. Tras la lluvia, los arroyos cobran vida. Es el momento ideal para descubrir los tesoros acuáticos del estado, cuando los mantos freáticos se renuevan y todo florece.
En Caduaño también hay secretos antiguos: fósiles de mamíferos marinos, la Laguna de la Trucha, y el Cañón de Yeneká, con sus cascadas estacionales que invitan a detenerse, a mirar con otros ojos, a entender que conservar el entorno es una forma de supervivencia espiritual.
Estos poblados, modestos y auténticos, merecen más que una visita: merecen nuestra atención y nuestra colaboración. La derrama económica del turismo consciente es una forma de agradecer y retribuir.
Aquí todo sabe a verdad: los quesos, los panes, las verduras, los frutos. Son productos de la tierra, nacidos sin prisas, sin químicos, con amor. Y las carnes —que incluso se exportan— son reflejo de una tradición ganadera que ha resistido el paso del tiempo.
No olvides llevar tu bolsa del mercado. Todo lo que compres aquí viene directo del campo. Todo es orgánico. Todo tiene nombre y rostro.
Y quizá, solo quizá, en este rincón de la Sierra y la sal, encontremos la versión más honesta de lo que significa vivir en armonía con el mundo.